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viernes, 23 de febrero de 2018

la extraña partida

Capítulo 7

De repente, uno de esos demoníacos organismos aparece ocupando la totalidad de la pantalla, se ríe, se ríe a carcajadas con su insolente e inhumana bocaza y, temiendo ser eliminado, no me permite siquiera un solo movimiento. Me revelo brioso, intento pulsar alguna tecla para destruirlo, pero mis manos deformadas son incapaces de reaccionar ante mis órdenes. Sufro, sufro mucho, tanto, que ni siquiera puedo levantar el trasero de la silla para ir al servicio… quiero orinar, ir al baño, vaciar la vejiga… ¿me lo haré encima? Me lo haré encima… No, no, por favor… No puedo alejarme ahora… he de soportar esos dolores que parece corroer mis entrañas. Es hoy, ahora o nunca, me faltan unos trescientos puntos para vencer, para destruir a toda la cuadrilla intergaláctica proveniente de lejanos planetas que de lo contrario invadirán la tierra… ¡Oigo unos pasos, el corazón se me acelera! ¡No, nadie puede verme, sería angustioso, escalofriante, perturbador!

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Capítulo 8

¡Qué espanto! ¡Qué pavor! Me observo y soy dos monstruosidades al tiempo. Sí, me veo reflejado en la pantalla, y mi parte izquierda es vampírica: repugnante, horrible. Mi derecha, como una especie de espeluznante yeti blanco peludo. Mis ojos orbitan agitados, miran a todas partes, buscan algo que no encuentran. ¡La cerradura, la cerradura! ¡Alguien pretende entrar! ¡No, nadie debe entrar, no, no puedo recibir visitas! Me mataré, me suicidaré, esto es insoportable, doloroso, agobiante. La puerta se abre. Alargo mi brazo, busco atrapar algo con mis diez dedos amorfos, resbaladizos… entonces descubro cómo mi madre entra, se coloca ante mí… y solo al descubrir la deformidad que aparece ante sus ojos, grita desesperadamente huyendo despavorida… Es entonces cuando consigo atrapar el hacha, la elevo y…

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sábado, 20 de enero de 2018

¿Tienes alma de escritor? Lee y juega conmigo

El cadáver misterioso


Sorteando chatarra, carcasas metálicas, hierros retorcidos, coches y maquinaría abandonada, escombros, bidones de plástico y matojos, Cipriano, el pastor, guiaba al cabo de policía por un paisaje apocalíptico, cubriéndolo de la lluvia con su paraguas, al interior de la nave abandonada. Mientras, un tercer policía aguardaba a corta distancia vigilante con un arma en sus manos.
Sí, jefe por aquella tronera se metió la dichosa cabra. Entré por ella, me lo encontré de frente, y me propinó un susto de muerte… nunca mejor dicho… Menos mal que era de día, que si llega a ser de noche… la palmo.
El policía se sacudió briznas de hierba seca, luego se arrodilló y penetró por aquel hueco guiándose con el haz de su linterna. Cipriano lo siguió detrás. Por último, un segundo uniformado, quien miró antes al cielo plomizo y encapotado temiendo tormenta, exclamó antes de inclinarse para acompañarlos: «Es que éste oficio…»
Una vez dentro, Cipriano se adelantó. El cabo alumbró su cara. Éste señaló al fondo, y el colega, orientó la luz de su linterna hacia donde Cipriano dirigía el dedo índice de su mano izquierda.
¡Santo Dios! —exclamó el cabo al ver aquello. Y se le aceleró el corazón. No, no lo podía creer, lo que estaba viendo era horroroso.
Ufff… ¡Qué pestazo! —profirió el policía.
De una viga de hierro, pendía, colgado de la pierna izquierda, el cadáver de una persona desnuda en estado de descomposición. Las cuencas de los ojos aparecían vacías, los labios y la nariz tal vez roídas por las ratas habían desaparecido dejando las muelas al descubierto.
El cabo sacó un pañuelo y se lo colocó para evitar el mal olor. El uniformado lo imitó, pero Cipriano, tal vez acostumbrado a otras fragancias más fuertes, aguantó.
¡Qué horror! Comisario… miré esto… —le indicó a su jefe, guiando el haz de su linterna hacia la entrepierna.
El comisario se acercó advirtiendo aterrado que aquel hombre aparecía con los testículos rebanados a cuchillo, el pene casi carcomido por los gusanos o las ratas, y en la pierna derecha, visiblemente fracturada, tenía grapado un cartel con el siguiente mensaje: ¡Ya no tienes huevos, chivato!

¿Continuas la historia? ¿Te ves capaz?

Dudas:
¿Qué ha sucedido antes? ¿Qué pasa con posterioridad?
¿Existen huellas dactilares en el cartel? ¿Y de zapatos, ruedas o manchas de sangre en el suelo?
¿Quién tiene las llaves del portón, quién es el dueño de la nave? 

miércoles, 3 de enero de 2018

La extraña partida - capítulo 6

Capítulo 6


¡Mis pies! Ahora, ahora puedo verlos… ¡Por favor! ¡Son como… como de saurios: alargados, escamosos, horribles, con largas pezuñas…! ¿Soy un monstruo? ¿Acaso un Tyrannosaurus Rex? ¿Han logrado, quizás, traspasar la pantalla esos extraños seres que no se resignan a desaparecer? ¿Se han adueñado de mi cuerpo convirtiéndome en alienígena tal vez? ¿Es su venganza? Sí, tendrías que haber apagado el ordenador y descansar un rato antes del amanecer. Ni has terminado la partida, ni has vencido, ni has superado el record. Son las 9,00h AM. Y sigo aquí, ante la pantalla intentando, sin éxito, evitar la derrota de esos violentos especímenes. Arrastro mi cabeza por las mucosas excretadas de mi garganta, apenas puedo respirar, la lengua se me ha inflamado, los labios los noto semidormidos, mis fauces…, creo tener fiebre… mucha fiebre… me ahogo, me agobio y… ¡No, no, no puedo respirar…! Por favor, por favor, necesito ayuda…

martes, 26 de diciembre de 2017

Patria de Fernando Aranburu

Hace unos días que comencé a leer la interesante novela de Fernando Aramburu “Patria”. Me la recomendaron fervientemente y la verdad, aunque la compré escéptico, y estoy todavía en los comienzos, las dos mujeres, Bittori y Miren, sus dos personajes principales, están fabulosamente construidos, son de una fuerza impresionante. El lenguaje que emplea el escritor es original, llano, muy vasco. En definitiva que de momento me está gustando bastante.

la extraña partida - capítulo 5

Capítulo 5


¡Oh, no! Mi mano derecha se constriñe, los dedos se retuercen convirtiéndose en negras garras de pantera… Horrorizado miro a la izquierda y, esta otra, parece mutar hasta contar diez largos dedos gelatinosos, parecidos a piel de murciélago. De mi garganta surge un leve dolor que poco a poco se intensifica tanto, que ni siquiera puedo pronunciar una vocal sin que me arda. Mis orejas se ensanchan y alargan, mis dientes se prolongan, las muelas se engrandecen. Como estruendosas tuneladoras, nuevos y anormales incisivos se abren paso desmesurados, a través de la mandíbula inflamando mi boca y labios. De mi barba y mejillas surge un pelaje blanco, salvaje y fuerte, que se desarrolla hasta un largo impreciso. Una desagradable flema de sabor agrio y color parduzco, fluye asqueroso de las mucosas de mi laringe, babeando y ennegreciendo el escritorio. Simultáneamente, mi nariz se ensancha, mis ojos son más agudos y sanguinolentos, mi lengua se prolonga puntiaguda, bífida, y mi columna vertebral se comba igual que una serpiente anaconda. El dolor es insoportable, el corazón parece estallar, y sudo, sudo tanto, que mis pantalones destilan una pestilente substancia anaranjada viscosa, ácida y humeante, expandiéndose lentamente por el suelo de mi cuarto.