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viernes, 9 de diciembre de 2016

Tercer relato sin final definido

LA EXTRAÑA PARTIDA - Relato corto de Francisco Campos Rojo

¿Cuándo lograré acabar esta endemoniada partida? Me siento algo confuso… agotado. Mi vista se nubla, desdobla las imágenes. La elasticidad de los tendones de mis manos y dedos comienza a ser inoperante. Los reflejos musculares, apenas ya intuitivos, fallan, duelen, hormiguean... El reloj digital de mi ordenador marca las 3,17h AM. Es la tercera noche en vela. Con tal de vencerme, con tal de someterme, hasta serían capaces de invadir el sistema, mi brazo, mi cuerpo, mi mente, el dormitorio, después la casa... ¡Toma! ¡Toma! ¡Revienta! Las naves alienígenas tratan de escapar a mis disparos; oscilan, huyen, zigzaguean; como rayos cruzan la pantalla, pero como un valiente guerrero consigo cazarlas todavía con cierta destreza... ¡Explota maldita! Elimino a una de sus aeronaves nodrizas, mato a otro de sus más insignes dirigentes intergalácticos y, con cada muerte, con cada aniquilación una leve sonrisa de pequeño placer surge de mis labios. Son peligrosos, muy peligrosos, pero gracias a que lucho contra ellos con los diez dedos de mis manos que, como una metralleta, disparan municiones explosivas, logro retenerlos. Del teclado paso al joystick, de éste al ratón… son mis poderosas armas. ¿Qué sucede? ¿Qué error he cometido? Las fuerzas me flaquean, lo sé, pero si cliqueo con mi dedo índice sobre el ratón y los cinco de mi mano izquierda sobre los pulsadores, logro anularlos, matarlos… ¿O no? Este último casi se me escapa. No, no solo debo estar pendiente de esos canallescos seres que aparecen de repente, sino de destruir también sus pequeñas naves invasoras que como hormigas amenazadas aparecen por miles. Mi corazón palpita acelerado. El reloj marca las 5,00h AM. No hace frío, pero afuera llueve. Mis números suman y suman… son doce millones quinientos tres mil. ¿Qué me sucede? ¡No! El dedo índice de mi mano, el que pulsa el ratón, no me obedece. Parece salirle un extraño vello. ¿Serán mis ojos que ven alucinaciones? La pantalla se ha tornado blanca y negra, las imágenes saltan a trompicones y el teclado se aleja y aleja como si lo viese a través de unos prismáticos del revés… ¡No! Las uñas se alargan… los dedos de mi mano derecha se contraen. ¡Santo cielo! ¿Qué es esto? ¿Me abordan? ¿Penetran en mi cuerpo? ¿Se ha escapado alguno? Rápidamente aparto esa mano que no me obedece, agarro el ratón con la izquierda, aún ágil, y consigo eliminar el monstruo que trataba de inocular su veneno en mi torrente sanguíneo. Me tomo un respiro, las naves continúan convirtiéndose en pequeños demonios que luchan contra mí. Empleo cada uno de mis dedos: anular, corazón, meñique, incluso el pulgar, disparo sin ton ni son para detener la frecuencia de esos temibles seres que, de no interceptarlos, me harían tanto daño y… ¡Toma! ¡Muere! Me piel se estremece, tiemblo, me siento convulso, cierro los ojos unos segundos, necesito un breve descanso, parpadear, sentirme activo, para así evitar alucinaciones, espejismos que engañen mi mente y penetrar en mi cuerpo, en mi…. ¡Oh, no! Mi mano derecha se constriñe, los dedos se retuercen convirtiéndose en negras garras de pantera… Horrorizado miro a la izquierda, y esta otra parece mutar hasta contar diez dedos gelatinosos, parecidos a piel de murciélago. De mi garganta surge un leve dolor que poco a poco se intensifica tanto, que ni siquiera puedo pronunciar una vocal sin que me arda. Mis orejas se ensanchan, mis dientes se prolongan, las muelas se engrandecen. Como estruendosas tuneladoras, nuevos y anormales incisivos se abren paso a través de la mandíbula inflamando mi boca y labios desmesuradamente. De mi barba y mejillas surge un pelaje blanco, salvaje y fuerte, que se desarrolla hasta un tamaño impreciso. Una desagradable flema de sabor agrio y color parduzco fluye de las mucosas de mi laringe babeando sobre el escritorio. Simultáneamente, mi nariz se ensancha, mis ojos son más agudos y sanguinolentos, mi lengua se prolonga puntiaguda y mi columna vertebral se comba igual que una serpiente anaconda. El dolor es insoportable, el corazón parece estallar, y sudo, sudo tanto, que mis pantalones destilan una pestilente substancia anaranjada viscosa, ácida y humeante, expandiéndose lentamente por el suelo del cuarto. ¡Mis pies! Ahora, ahora puedo verlos… ¡Por favor! ¡Son como… como de cocodrilos: alargados, escamosos, horribles, con largas pezuñas…! ¿Soy un monstruo? ¿Han logrado traspasar la red esos extraños seres que no se resignan a desaparecer? ¿Se han adueñado de mi cuerpo convirtiéndome en alienígena? ¿Es su venganza? Sí, tendrías que haber apagado el ordenador y descansar un rato antes del amanecer. Ni has terminado la partida, ni has vencido. Son las 9,00h AM, sigo ante la pantalla intentando, sin éxito, evitar la derrota de esos violentos especímenes. Arrastro mi cabeza por las mucosas excretadas de mi garganta, apenas puedo respirar, la lengua se me ha inflamado, los labios los noto semidormidos…, creo tener fiebre… mucha fiebre… me ahogo, me agobio… De repente, uno de esos demoniacos organismos aparece ocupando la totalidad de la pantalla, se ríe, se ríe a carcajadas con su insolente boca y, temiendo ser eliminado, no me permite ni siquiera un solo movimiento. Me revelo brioso, intento pulsar alguna tecla para destruirlo, pero mis manos deformadas son incapaces de reaccionar ante mis órdenes. Sufro, sufro mucho, tanto, que ni siquiera puedo levantar el trasero de la silla para ir al servicio… necesito orinar, la vejiga está llena… me lo haré encima… No, no, por favor… Oigo unos pasos, el corazón se me acelera. ¡No, nadie puede verme, sería angustioso! Soy dos monstruos a la vez, lo veo reflejado en la pantalla, mi izquierda es vampírico, mi derecha, una especie de espantoso yeti peludo. Mis ojos orbitan agitados, miran a todas partes, buscan algo que no encuentran. ¡La cerradura! ¡No, no puedo recibir visitas! Me mataré, me suicidaré, esto es insoportable, agobiante. La puerta se abre. Alargo mi brazo, busco atrapar algo con mis diez dedos amorfos, resbaladizos… y entonces descubro cómo mi madre entra, se coloca ante mí… y solo al descubrir la deformidad que aparece ante sus ojos, grita desesperadamente huyendo despavorida… Es entonces cuando logro coger el hacha y…

¿Os atrevéis a acabar este relato? Escribidlo, lo editaremos en este blog con vuestro nombre.

martes, 11 de octubre de 2016

Segundo relato sin final definido

AMOR POR PODERES - Escrito por Francisco Campos Rojo

Sobre un hermoso y alargado sendero cubierto de árboles centenarios, la guapa Elisa, camina en soledad pisando la crujiente y marchita hojarasca. Por sus rosáceas mejillas resbalan tenues lágrimas de añoranza, que elude enjugar, implorando, quizás, una leve señal de amparo. Entre sus manos comprime la última carta recibida, de cuando en cuando la ojea, pero en realidad no desea volver a leerla debido al desagradable dolor que le produciría. Sobre su cabello y hombros, se deslizan, como lluvia de lienzo, amarilleadas hojas otoñales; de fondo percibe rumores y piares de pájaros saltando de rama en rama, pero ella, meditando en su triple dilema, zigzaguea, como perdida en las tinieblas del averno, suspirando de cuando en cuando frívolos vahídos de pasión. Piensa en las preciosas frases que su ya esposo le dedica desde el obligado exilio de guerra, en la infinita distancia que les separa, y la duda sobrevuela omnipotente sobre su pequeña y frágil cabeza. El equipaje listo para ser embarcado, el pasaje lo tiene en su poder, pero… ¿subirá a ese barco que la alejaría de él para siempre?
Esgrimiendo argumentos para sedar su desdén, Elisa creaba inútiles excusas tratando de retrasar su agónico destino: «Brasil está demasiado lejos, me mareo en los barcos, me sentiré muy sola en esa tierra salvaje repleta de mosquitos», se decía tratando de eludir su contraído compromiso. «Mi padre, ¿quién cuidará de él? ¿Cómo perder esa brisa, ese paisaje, estos árboles, este precioso paseo, este país, esta ciudad? ¿Cómo ocultar este ardor que surge de mi corazón?
»Desde su penoso destierro, Fernando preparó la boda: iglesia, padrinos, sacerdote, hora, día… y hasta le otorgó un poder especial al que sería su sustituto… Tenía prisa, quería tenerme a su lado, sin embargo, no previó lo que sucedería.
»Creyéndome enamorada, saqué, planché y doble primorosamente mi ajuar, compré mi vestido blanco, velo, zapatos, un precioso ramo de flores, preparé una ligera cena en mi casa para quince invitados, y me casé… con él… por poderes. No, nunca, nunca pude sospechar en la encrucijada que me metía entonces, ni en estos enredados sentimientos.
»Mi tía, la madrina, con aquel vestido largo beige y su tocado de pluma, sonreía luciendo su diente de oro. Mi padre y padrino, con su traje gris perlado y su flor rosa en la solapa, mostraba orgulloso un rostro de plena felicidad… fue la última vez, cinco días después cayó enfermo y ahora su barba blanca y su extremada palidez delatan su extrema delicadeza. ¡Iba tan ilusionada aquel día! Desde el coche, miraba a través de la ventanilla, quería que todos me vieran, gritarles que me conducían al paraíso. ¿Al paraíso?
»Cuando llegamos a la iglesia, alguien abrió la puerta, tendió su mano, y yo, tras mirar arriba, vislumbré unos agitanados ojos, que al instante se estremecieron una a una la vertebras de mi columna. Era él, quien supliría a Fernando ante el santísimo. Sonriendo se presentó como Germán, se colocó a mi lado para que yo lo enlazara por el brazo, pero su insultante belleza y su cautivadora mirada me afectaron tanto en lo que debió ser mi más emotivo momento, que me vi incapacitada para caminar a su lado.
»El pasillo hasta el altar se me hizo interminable, mis piernas flaqueaban, sus suaves dedos acariciaban los míos intentando sosegar mis ímpetus, pero mi corazón quería estallar de puro desconcierto. Durante la ceremonia, el cura habló y habló. Yo miraba de reojo a Germán, él también a mí, pero obedientes seguimos el protocolo sin rechistar. Advertí que vestía de marino mercante; su imponente presencia hacía que me rechinasen los dientes y cuando tuve que pronunciar el consabido ¡Sí quiero! una espontánea afonía me lo impidió. Hasta pensé que me desmayaría cuando me levantó el velo y clavó su mirada en la mía. Luego, durante el convite, me sentí bastante inquieta. German me dirigía un sí o un no, solo cuando le ofrecía algo de comer. Conversaba con mi padre, con mi tía, con unos y otros, pero notaba que me observaba disimuladamente, porque a menudo cruzábamos nuestras miradas y temblaban hasta mis rodillas. «¡Es increíblemente guapo!», recuerdo que pensé, mientras me miraba al espejo embelesada como una niña, después de que todos se marcharan, vestida aún de blanco virginal.
»Tras la boda pasamos tres maravillosos días juntos… Germán se había alojado en una pensión cercana, me invitó a comer al día siguiente. Y por cortesía y a la vez con cierta apetencia, no supe negarme. Eligió un restaurante frente al mar, y aquella panorámica, unida a la brisa, su suave voz y su rostro al contraluz… No, mi marido no debió permitir que él ocupase su lugar en la lejanía. Pudo haber sido otro…, cualquier otro… Pero entonces… no hubiese sido él. Paseamos, reímos, charlamos y sus penetrantes ojos… No, no hubo escarceos amorosos, ni siquiera un casto beso… pero ambos sabíamos lo que sentíamos. Luego se marchó. Se marchó al cuarto día. Se marchó en aquel infame tren donde lo despedí. Y ahora, con esta carta en mi mano, entre la lujuria y el deseo, la fidelidad y el escándalo, he de tomar la decisión más importante de mi vida…
Elisa posó sobre su pecho el texto, pensando en la belleza del extraordinario edén que su marido le dibuja en sus encantadoras cartas. Miró a lo alto, y sus vidriosos ojos parecían exudar lágrimas de sangre y guerra. Sufría su inconsciente precipitación, sufría como la persona que se ahoga en un mar de locura infinita, como el niño perdido que no encuentra a su madre en mitad del gentío, y gemía desesperada porque dentro de su corazón sobrevivía aún el amor que tanto la ilusionó en la adolescencia. Daba vueltas a sus tres confluentes disyuntivas, sin saber cómo solucionarlas. Correría al lado de su primer amor sin dudarlo, pero el decaimiento impreciso de su padre se lo impedía. «Debo cuidarlo, debo… ¿Debo? ¿Debería? ¿Es eso en realidad lo que me retiene?» A la sazón escuchaba un silbido distante clamando:
—¡Elisa! ¡Elisa!
Con el corazón anhelante, giró su enmarañada cabeza a ese débil eco de esperanza, pero no descubrió a la persona que debería remediar su insólito dilema. «¿Me engañan mis candentes deseos? ¿Son posibles dos amores? ¿Acaso debo aguardar a que alguien solucione mi pavorosa contradicción, o tal vez he de ser yo quien tome la decisión acertada?», se preguntaba anhelante. Entonces, como un ligero soplo, oyó de nuevo su nombre sobrevolando entre las copas de los árboles. «¡Bah! Es marinero, en cada puerto tendrá su amor… Además, está prometido. Jamás volverá. ¿Cómo es posible que sean tan diferentes?, se preguntó de repente. No, nunca lo traicionará… es su hermano… su hermano… Pero… ¿y esa llamada? ¡Alguien pronuncia mi nombre, mi corazón palpita de amor! ¿Será él? ¡No, mis oídos me engañan, deben ser mis anhelos, mis sentimientos!»
—¡Elisa! ¡Elisa! —el grito se intensificaba; se expandía en el aire como un persistente repique de campanas.
Entonces miró al fondo del camino, corrió hacia la voz y… 

¿Serías capaz, lector, de continuar la historia? Envíame tu final, los tres mejores serán publicados a vuestro nombre en este blog.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Primer relato sin final definido

EL PELIGRO DE ENAMORARSE - Relato corto de Francisco Campos Rojo

Las frases surgen a raudales como sombras amenazadoras. Percibo risas sarcásticas, agónicos lamentos. Confundo los personajes. Me parecen tan reales, tan humanos que no logro distinguir al gánster, del policía, al asesino, del inocente, a la bella, de la prostituta, al loro observador, del búho parlanchín, así como su diversidad de sentimientos, de los míos propios. No, no el búho no habla… ¡Bah! Qué más da. Mis ojos me engañan, difuminan ideas, conceptos. Sin embargo, después de beber un buen sorbo del whisky barato que me puedo permitir, darle una honda bocanada al cigarrillo, a medias tostado, posado sobre al borde de mis labios caídos, que me hacen lagrimear, y estirar un poco los músculos del cuello, los pensamientos se aclaran y comienzo a escribir: “El hedor a petróleo quemado, se esparce como gas tóxico en la sombría madrugada del puerto. Es una infame noche de lluvia fina que cala hasta la gabardina negra que cubre mi débil cuerpo. La espesa bruma que no parece remitir, me hace confundir formas, edificios: un mercante allí, un carguero allá, contenedores amontonados, infinitas grúas, hileras de almacenes, la lonja, varios furgones detenidos que distingo bajo la luz de las farolas que se agitan con el viento, el neón rojo y verde decolorado en la fachada principal del puticlub, por donde presumiblemente asomarán sus cabezas, y sus lujosos coches aparcados cerca de la esquina donde me encuentro, conforman el retrato de esta negra madrugada de incertidumbre. Aguardo el ensayado silbido, ese característico silbido que al parecer solucionará mis problemas, que como espadas de Damocles penden sobre mi cabeza, pero la noche es tan aciaga que quizás se hayan arrepentido de sus promesas tomadas en caliente. Entretanto, me pregunto qué hago aquí, en mitad de la vida y la muerte, con dos gin-tonic de más, fumando un cigarrillo tras otro. Nunca me dijo que me amase, quizás lo hizo en agradecimiento. Pero esta encrucijada será la prueba de fuego. Si me ama, si desea estar conmigo, tratará de salvarme repudiándome. Si no, no le importará que muera, ni a mí tampoco. Para qué querría vivir ya… En el escalafón de la banda, en la escala de la vida, soy de los últimos. Desde los veinte años siempre he estado hundido en la miseria de la imbecilidad más profunda. He sido un matón, un miserable; nunca fui nada, ni supe jugar mis cartas, ni enfrentarme a nadie sino con un revolver entre mis manos. Pero aquí me hallo, tratando de reflotar mi perdido orgullo, pensando que será la última vez o intentando ser valiente para merecer una quimera. ¡Oh! ¿Por qué me enamoré, por qué estoy dispuesto a morir o por qué hago esto por ella si probablemente me abandonará en cuanto la salve de las garras que la aprisionan? Una noche, un lance de juego, una mala bebida, el alboroto, los disparos, la huida. ¿Por qué la llevé a mi casa, por qué? ¿Cómo me dejé enredar? ¿Acaso me hechizó? Fueron cinco días maravillosos… cinco días hasta que ella decidió bajar por aquella botella. Luego, la paliza, la soledad, los deseos de venganza. Es tan irresistiblemente seductora, tan guapa, tan… que como una orgía de sentimientos invade mis entrañas apoderándose de mi entera voluntad… De repente aparece uno de ellos, aprieto mi arma, la saco de mi bolsillo… Por todos los… ¡Quieto! Es un camarero que ha salido a fumar ¡El silbido! No lo he oído ¿Estaré solo? Amigos, algunos fieles, otros villanos, prometen pero… ¿Por qué no han llegado? Sé que uno de ellos quiere arrebatármela. Sé que… pero la amistad tiene sus propios límites, si le pone la mano encima… ¿Me habrán abandonado? ¿Tendré que enfrentarme a todos ellos con ésta pistola del rastro? ¿Funcionará? Espero que no tenga que emplearla ¡Alguien sale! ¡Es ella, chilla de dolor! La arrastra del brazo el Tuerto… sus acólitos lo siguen… son seis, ocho, diez… putas, pistoleros ¡Viene en mi dirección! Mis ojos se ciegan de ira, el corazón late acelerado… ¡No, no lo permitiré…! ¡Alto Tuerto! ¡No te la llevarás, antes tendrás que matarme! grito situándome en mitad del malecón mientras le apunto trémulo con mi arma que contiene doce balas, porque no tenían más. ¡No, Eduardo! clama ella… Entonces escucho un leve chasquido…” ¡Jo! Esa oración me gusta pero… ¿cómo acabarla? ¿Cómo salir de esa situación? Le doy vueltas y vueltas a los párrafos siguientes, reescribo, leo, corrijo, tacho, anulo, pero no consigo el suspense, ese éxtasis final que llene al lector de las misteriosas expectativas, que todo escritor anhela después de idear pasajes a priori interesantísimos, pero que una vez transcritos al argumento resultan, en conjunto, un pavoroso fiasco. Releo lo redactado desde el principio tratando de centrar las tramas y a esos seres inseguros y contradictorios salidos de mi imaginación. Tacho alguno, modifico a otro su personalidad, pero los demás parecen escapar a mi control creando universos paralelos que desvirtúan la línea principal. ¿Es acaso el cansancio? Son anárquicos, toman atajos imprevistos, se revelan; se desarrollan al margen de la lógica fábula estructurada. ¡Anula a ese, es innecesario! me dicta mi mente. No aporta nada a la historia que quieres narrar. ¡Bufff! Menos mal, en el último segundo le he dado un giro inesperado a la frase, he conseguido salvarlo, y ahora es muy útil; canaliza los sentimientos del dubitativo protagonista. Mientras avanzo y avanzo, las ideas se esfuman cada vez más, mi punto débil es el agotamiento mental, pero he de acabar este capítulo porque de lo contrario, a la luz del día mi visión del relato sería completamente distinto; tendría que trastocarlo otra vez. ¡Ufff! Escribir es ansiedad, dolor, sueño, vida, inquietud, pesimismo, desilusión… como una convulsión cerebral cercana a la locura… Sufro, río o lloro con cada uno de los personajes. Si sus corazones se aceleran el mío también. Si dudan, se alarman, sudan o tiemblan, de igual forma lo hago yo. Oh, pero… ¿qué sucede? Tipejos borrados regresan, cobran vida, aparecen en los momentos y pasajes más inesperados. Salen de la pantalla, orbitan sobre mi cabeza, sus usurpadores caprichos alteran la historia que quiero contar. ¿Por qué? No lo entiendo. Me siento cansado, muy cansado, sin apenas ideas propias. Al fin logro seleccionar algunos, los tachos, los anulo pero… ¡No! Entre los fardos del muelle se ha escondido aquel… ¡Síguelo! Quizás te conduzca a ese final tan deseado… Mi corazón palpita acelerado, es el siempre conflicto incruento, entre el bien y el mal, entre mediocridad, vulgaridad, originalidad, realidad, ficción y pragmatismo. ¿No será excesivamente largo este libro? me pregunto a veces. En principio era un cuento, después una novela negra corta, ahora, de no cortarle las alas a esos individuos inmateriales, sería un mamotreto con demasiados actores que escaparán a mi censura y revisión. Repentinamente uno de los personajes surge de la pantalla. Es como un misterioso halo de fuego que sobrevuela la habitación en círculos inauditos. Un fantasma incorpóreo, gris, blanco, semitransparente, al que sigo un tanto mareado. ¡Es vapor, humo, brillo, fulgor! Un serpentino, alargado e interminable ser, carente de brazos y piernas. Un rostro amable que me turba, sonríe, rodea, envuelve, emborracha mis sentidos… ¡Oh, no! Se acerca a mí acariciándome con suavidad, siento su calor, su aroma, su frío… cambia, muta, enarca las cejas, se encara conmigo. Enojado, me llama idiota, torpe, estúpido. Su olor me confunde, siento dolor de cabeza, mi vista lo sigue, pero él oscila por la habitación como si fuese una grisácea pavesa a merced de una ligera brisa. Seguidamente me rodea otra vez, ahora es muy agradable, parece hablar, me dicta al oído frases hermosas sugiriéndome un final, romántico y maravilloso, que resuelve la disyuntiva trama final del capítulo. Entonces, nervioso, muy nervioso, tecleo frases que me sugiere:

¿Eres tú, querido lector@, ese etéreo fantasma que salta de la pantalla y le susurra al escritor ese final alternativo?

¿Serías capaz de escribir ese desenlace? Envíamelo, los tres mejores serán publicados a vuestro nombre en este blog.

Novedad

A partir de hoy, publicaré regularmente en este blog cuentos cortos, recuerdos interesantes, opiniones personales y relatos sin final para que todo aquel que tenga inquietudes literarias se atreva a continuarlo y acabarlo. Es una idea interesante en la cual podréis participar con vuestra creatividad.

El secreto de aquel teatrillo ambulante

Al parecer la novela gusta, está funcionando muy bien. Para un escritor desconocido, saber que Amazon tiene la capacidad de venderla en otros lares, lejos de amigos y conocidos, es una gran satisfacción, ¡Gracias a todos!