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martes, 11 de octubre de 2016

Segundo relato sin final definido

AMOR POR PODERES - Escrito por Francisco Campos Rojo

Sobre un hermoso y alargado sendero cubierto de árboles centenarios, la guapa Elisa, camina en soledad pisando la crujiente y marchita hojarasca. Por sus rosáceas mejillas resbalan tenues lágrimas de añoranza, que elude enjugar, implorando, quizás, una leve señal de amparo. Entre sus manos comprime la última carta recibida, de cuando en cuando la ojea, pero en realidad no desea volver a leerla debido al desagradable dolor que le produciría. Sobre su cabello y hombros, se deslizan, como lluvia de lienzo, amarilleadas hojas otoñales; de fondo percibe rumores y piares de pájaros saltando de rama en rama, pero ella, meditando en su triple dilema, zigzaguea, como perdida en las tinieblas del averno, suspirando de cuando en cuando frívolos vahídos de pasión. Piensa en las preciosas frases que su ya esposo le dedica desde el obligado exilio de guerra, en la infinita distancia que les separa, y la duda sobrevuela omnipotente sobre su pequeña y frágil cabeza. El equipaje listo para ser embarcado, el pasaje lo tiene en su poder, pero… ¿subirá a ese barco que la alejaría de él para siempre?
Esgrimiendo argumentos para sedar su desdén, Elisa creaba inútiles excusas tratando de retrasar su agónico destino: «Brasil está demasiado lejos, me mareo en los barcos, me sentiré muy sola en esa tierra salvaje repleta de mosquitos», se decía tratando de eludir su contraído compromiso. «Mi padre, ¿quién cuidará de él? ¿Cómo perder esa brisa, ese paisaje, estos árboles, este precioso paseo, este país, esta ciudad? ¿Cómo ocultar este ardor que surge de mi corazón?
»Desde su penoso destierro, Fernando preparó la boda: iglesia, padrinos, sacerdote, hora, día… y hasta le otorgó un poder especial al que sería su sustituto… Tenía prisa, quería tenerme a su lado, sin embargo, no previó lo que sucedería.
»Creyéndome enamorada, saqué, planché y doble primorosamente mi ajuar, compré mi vestido blanco, velo, zapatos, un precioso ramo de flores, preparé una ligera cena en mi casa para quince invitados, y me casé… con él… por poderes. No, nunca, nunca pude sospechar en la encrucijada que me metía entonces, ni en estos enredados sentimientos.
»Mi tía, la madrina, con aquel vestido largo beige y su tocado de pluma, sonreía luciendo su diente de oro. Mi padre y padrino, con su traje gris perlado y su flor rosa en la solapa, mostraba orgulloso un rostro de plena felicidad… fue la última vez, cinco días después cayó enfermo y ahora su barba blanca y su extremada palidez delatan su extrema delicadeza. ¡Iba tan ilusionada aquel día! Desde el coche, miraba a través de la ventanilla, quería que todos me vieran, gritarles que me conducían al paraíso. ¿Al paraíso?
»Cuando llegamos a la iglesia, alguien abrió la puerta, tendió su mano, y yo, tras mirar arriba, vislumbré unos agitanados ojos, que al instante se estremecieron una a una la vertebras de mi columna. Era él, quien supliría a Fernando ante el santísimo. Sonriendo se presentó como Germán, se colocó a mi lado para que yo lo enlazara por el brazo, pero su insultante belleza y su cautivadora mirada me afectaron tanto en lo que debió ser mi más emotivo momento, que me vi incapacitada para caminar a su lado.
»El pasillo hasta el altar se me hizo interminable, mis piernas flaqueaban, sus suaves dedos acariciaban los míos intentando sosegar mis ímpetus, pero mi corazón quería estallar de puro desconcierto. Durante la ceremonia, el cura habló y habló. Yo miraba de reojo a Germán, él también a mí, pero obedientes seguimos el protocolo sin rechistar. Advertí que vestía de marino mercante; su imponente presencia hacía que me rechinasen los dientes y cuando tuve que pronunciar el consabido ¡Sí quiero! una espontánea afonía me lo impidió. Hasta pensé que me desmayaría cuando me levantó el velo y clavó su mirada en la mía. Luego, durante el convite, me sentí bastante inquieta. German me dirigía un sí o un no, solo cuando le ofrecía algo de comer. Conversaba con mi padre, con mi tía, con unos y otros, pero notaba que me observaba disimuladamente, porque a menudo cruzábamos nuestras miradas y temblaban hasta mis rodillas. «¡Es increíblemente guapo!», recuerdo que pensé, mientras me miraba al espejo embelesada como una niña, después de que todos se marcharan, vestida aún de blanco virginal.
»Tras la boda pasamos tres maravillosos días juntos… Germán se había alojado en una pensión cercana, me invitó a comer al día siguiente. Y por cortesía y a la vez con cierta apetencia, no supe negarme. Eligió un restaurante frente al mar, y aquella panorámica, unida a la brisa, su suave voz y su rostro al contraluz… No, mi marido no debió permitir que él ocupase su lugar en la lejanía. Pudo haber sido otro…, cualquier otro… Pero entonces… no hubiese sido él. Paseamos, reímos, charlamos y sus penetrantes ojos… No, no hubo escarceos amorosos, ni siquiera un casto beso… pero ambos sabíamos lo que sentíamos. Luego se marchó. Se marchó al cuarto día. Se marchó en aquel infame tren donde lo despedí. Y ahora, con esta carta en mi mano, entre la lujuria y el deseo, la fidelidad y el escándalo, he de tomar la decisión más importante de mi vida…
Elisa posó sobre su pecho el texto, pensando en la belleza del extraordinario edén que su marido le dibuja en sus encantadoras cartas. Miró a lo alto, y sus vidriosos ojos parecían exudar lágrimas de sangre y guerra. Sufría su inconsciente precipitación, sufría como la persona que se ahoga en un mar de locura infinita, como el niño perdido que no encuentra a su madre en mitad del gentío, y gemía desesperada porque dentro de su corazón sobrevivía aún el amor que tanto la ilusionó en la adolescencia. Daba vueltas a sus tres confluentes disyuntivas, sin saber cómo solucionarlas. Correría al lado de su primer amor sin dudarlo, pero el decaimiento impreciso de su padre se lo impedía. «Debo cuidarlo, debo… ¿Debo? ¿Debería? ¿Es eso en realidad lo que me retiene?» A la sazón escuchaba un silbido distante clamando:
—¡Elisa! ¡Elisa!
Con el corazón anhelante, giró su enmarañada cabeza a ese débil eco de esperanza, pero no descubrió a la persona que debería remediar su insólito dilema. «¿Me engañan mis candentes deseos? ¿Son posibles dos amores? ¿Acaso debo aguardar a que alguien solucione mi pavorosa contradicción, o tal vez he de ser yo quien tome la decisión acertada?», se preguntaba anhelante. Entonces, como un ligero soplo, oyó de nuevo su nombre sobrevolando entre las copas de los árboles. «¡Bah! Es marinero, en cada puerto tendrá su amor… Además, está prometido. Jamás volverá. ¿Cómo es posible que sean tan diferentes?, se preguntó de repente. No, nunca lo traicionará… es su hermano… su hermano… Pero… ¿y esa llamada? ¡Alguien pronuncia mi nombre, mi corazón palpita de amor! ¿Será él? ¡No, mis oídos me engañan, deben ser mis anhelos, mis sentimientos!»
—¡Elisa! ¡Elisa! —el grito se intensificaba; se expandía en el aire como un persistente repique de campanas.
Entonces miró al fondo del camino, corrió hacia la voz y… 

¿Serías capaz, lector, de continuar la historia? Envíame tu final, los tres mejores serán publicados a vuestro nombre en este blog.